Cosas tendiendo a cero

“She was a mink handjob in sarcophagus heels”

Archivos para Febrero 27th, 2008

Estoy loco por tu culpa.

Publicado por Griseo Mitran en Febrero 27, 2008

Aviso: Este relato que vas a leer a continuación no es mio. De hecho no sé de quien es, me parece que el autor es anonimo. Me lo leyerón antes de comenzar a escribir, eso fue al principio de cuarto de ESO. Ese día unos escritores y escritoras lo leyerón y a la mayoría nos gustó. Hoy lo he encontrado por internet (concretamente en está pagina).

Cuentan que una vez se reunieron, en un lugar de la tierra, todos los sentimientos y las cualidades de los hombres. Cuando el aburrimiento había bostezado por tercera vez, la locura – como siempre tan loca - les propuso: “¡Vamos a jugar a las escondidas!”.

La intriga levantó la ceja, intrigada, y la curiosidad, sin poder contenerse, preguntó “¿A las escondidas? ¿Y cómo es eso?”. “Es un juego”, explicó la locura, “en que yo me tapo los ojos y comienzo a contar desde uno hasta un millón, mientras ustedes se esconden. Cuando haya terminado de contar, el primero de ustedes al que encuentre, ocupará mi lugar para continuar el juego”.

El entusiasmo bailó, secundado por la euforia; la alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda, e incluso a la apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar. La verdad prefirió no esconderse. ¿Para qué?, si al final siempre la hallaban. Y la soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo, lo que la molestaba era que la idea no hubiese salido de ella).

Y la cobardía prefirió no arriesgarse.

“Uno, dos, tres…”, comenzó a contar la locura. La primera en esconderse fue la pereza, que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino. La fe subió al cielo, y la envidia se escondió tras la sombra del triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir hasta la copa del árbol más alto.

La generosidad casi no alcanzaba a esconderse. Cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos. ¿Que si un lago cristalino? Ideal para la belleza. ¿Que si la hendidura de un árbol? Perfecta para la timidez. ¿Que si el vuelo de la mariposa? Lo mejor para la voluptuosidad. ¿Que si la ráfaga del viento? Magnífica para la libertad. Así terminó ocultándose tras un rayito de sol. El egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio. Ventilado, cómodo… pero sólo para él.

La mentira se escondió en el fondo de los océanos (¡mentira! en realidad se ocultó detrás del arcoiris); y la pasión y el deseo, en el centro de los volcanes. El olvido… se me olvidó dónde se escondió… pero eso no es lo más importante.

Cuando la locura contaba 999.999, el amor aún no había encontrado un sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado… hasta que divisó un rosal y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores.

“¡Un millón!” – gritó la locura, y comenzó a buscar. Primero encontró a la pereza, a sólo tres pasos de una piedra. Después escuchó a la fe, discutiendo con Dios en el cielo sobre zoología; a la pasión y el deseo los sintió en el vibrar de los volcanes. En un descuido, encontró a la envidia y, claro, pudo deducir dónde estaba el triunfo… Al egoísmo no tuvo ni que buscarlo: él solito salió disparado de su escondite ¡que había resultado ser un nido de avispas!. De tanto caminar, sintió a la sed y, ya cerca del lago, descubrió a la belleza. Y con la duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca, sin decidir todavía en qué lado esconderse.

Así fue encontrando a todos. Al talento, entre la hierba fresca; a la angustia, en una oscura cueva; a la mentira, detrás del arcoiris… (¡mentira!, si ella estaba en el fondo del océano). Y hasta al olvido… que ya se había olvidado que estaba jugando a las escondidas, pero sólo el amor no aparecía por ningún sitio.

La locura buscó detrás de cada árbol, en cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas y, cuando estaba por darse por vencida, divisó un rosal. Tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando, de pronto, un doloroso grito se escuchó.

Las espinas habían herido los ojos del amor. La locura no sabía qué hacer para disculparse: lloró, rogó, imploró, pidió perdón, y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó a las escondidas en la tierra el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña.

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Historía de una mentira piadosa.

Publicado por Griseo Mitran en Febrero 27, 2008

Erase una vez una pequeña mentira. La mentira se llamaba Piadosa, porque nació de forma tímida y piadosa en la boca de alguien que quería hacerle bien a alguna persona.

Un día se levanto y descubrio que había engordado siete kilos. Se pregunto que estaba pasando, entonces comenzó una dieta exhaustiva para dejar de engordar. Sin embargo, cada semana seguía engordando y cada vez más. De tal forma que después de tres semanas de dura dieta había engordado treinta kilos.

Piadosa puso el grito en el cielo, así nunca iba a ligarse a un chico ni de coña. Fue entonces cuando decidió empezar a ir al gimnasio. Allí realizo montones de ejercicios que su monitor le obligaba hacer. Sudar era poco, más bien llovían a cantaros montones de gotas de sudor de su frente.

Sin embargo seguía engordando.

Un día hablando con su vecina Certera, la cual era una verdad sin incertidumbre alguna (como la de que un triángulo tiene tres lados), le preguntó “¿Tú que haces para estar siempre delgada y guapa?”. Certera se rió y le dijo “Es mi naturaleza. Las verdades nunca engordan, siempre se mantienen delgadas.”

Fue entonces cuando Piadosa comprendió que su naturaleza era engordar y la de Certera mantenerse, pues las mentiras engordan y engordan en cambio las verdades se mantienen con el paso del tiempo.

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La risa orgullosa.

Publicado por Griseo Mitran en Febrero 27, 2008

Era el mejor día de su vida y sin embargo no todo le había salido a la perfección. ¿Por qué era entonces el mejor día de su vida? Porque se hincho de reír de las tonterías y de las vueltas que ha dado la vida en cuestión de segundos a algunas de sus enemistades. Por todo lo que estaban pasando, él ya venía de vuelta. Y él sabía por tanto cual era el castigo que se llevarán.

Él ya cruzo por el laberinto de la bestia, y salió vivo de la trampa. Eso le hacía más fuerte pero a la vez más débil ante las envidias de los demás. Sin embargo eso no le importaba, sólo se reía. Ya había salido de un laberinto y se introdujo en el siguiente, pero sus enemigos aún andaban en los oscuros pasadizos del anterior. Ellos jamás saldrán tan bien parados como salió él, y eso lo sabía. Por eso se reía de ellos.

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