Navajas al atardecer brillaron en las manos de dos inocentes.
Era una discusión que termino acalorándose. Ambos sacaron sus navajas, uno primero y otro un instante detrás. La mente debía de ser más rápida que el cuerpo, ahí estaba el truco. Pero ninguno de los dos lo intuía, y por eso al principio sus movimientos eran agresivos e instintivos basándose solamente en la violencia.
Lo que no sabían es que un asesino no sólo se guía por instintos sino por un pensamiento macabro y meticulosamente meditado.
Alguien llamó a la policía y sonaron sirenas desde lejos, y eso hizo aumentar la tensión. La idea empezaron a fluir en torrentes por sus mentes. Ahora no era cuestión de defenderse de los ataques del otro, sino de acabar con todo. Y ese pensamiento se paso a una base formal en el cerebro en menos de un segundo, la cual se trasformó en un río de hormonas e impulsos eléctricos por sus cuerpos.
Sus movimientos eran más agresivos y terminaron en el suelo por la inercia. La misma inercia que hizo que, al caer, sus navajas se hincaran en el estomago del otro.
Cuando la policía pudo hacer algo fue cuando ambos estaban muertos. Sólo vinieron para ser testigos de una muerte más de muchas otras que no pudieron detener en ese mismo día. Así que llamaron a una ambulancia, la cual cuando llegó, los médicos de ésta, tras una serie de comprobaciones, determinaron la muerte de ambos. En una bolsa negra cada uno durmió durante la noche.












