Cosas tendiendo a cero

“She was a mink handjob in sarcophagus heels”

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Charles Bukowski - Amor por 17,50 $

Publicado por Griseo Mitran en Julio 15, 2008

Autor: Charles Bukowski
Nombre del relato: Amor por 17,50 $

La principal obsesión de Robert —desde que empezó a pensar en esas cosas— era poder colarse una noche en el Museo de Cera, y entonces, ponerse a hacer el amor a las señoras de cera. Sin embargo, le parecía que podía ser demasiado peligroso, así que se limitaba a hacer el amor a estatuas y maniquíes en sus fantasías sexuales, viviendo en su mundo de fantasmas.
Un día, al pararse en un disco en rojo miró por la puerta de una tienda. Era una de esas tiendas que venden de todo —discos, sofás, libros, chatarra… Y la vio allí, de pie, con un largo vestido rojo. Llevaba unas gafas puntiagudas, estaba muy bien formada; con ese aire digno y sexy que solían tener. Irradiaba verdadera clase. Entonces el disco cambió y se vio obligado a seguir la marcha.
Robert aparcó el coche en la manzana siguiente y volvió andando hasta la tienda. Se paró en la puerta, entre los montones de periódicos, y la miró. Incluso sus ojos parecían reales, y la boca era muy atrayente, haciendo como un pucherito.
Entró al interior y se puso a mirar los discos. Ahora estaba más cerca de ella, le lanzaba miradas furtivas de vez en cuando. No, ahora ya no las hacían así. Tenía incluso tacones altos.
La chica de la tienda se acercó.
—¿Puedo ayudarle, señor?
—No, gracias, sólo estoy mirando.
—Si hay algo que desee, hágamelo saber.
—Sí, claro.
Robert se acercó con disimulo al maniquí. No había ninguna etiqueta con el precio. Se preguntó si estaría a la venta. Volvió al estante de los discos, cogió un álbum barato y se lo compró a la chica.

En su segunda visita a la tienda, el maniquí seguía todavía allí. Robert la miró, dio unas vueltas, compró un cenicero que imitaba a una serpiente enrollada, y luego se fue.
La tercera vez que fue allí le preguntó a la chica:
—¿Está el maniquí en venta?
—¿El maniquí?
—Sí, el maniquí.
—¿Quiere comprarlo?
—Sí. ¿Ustedes venden cosas, no? ¿Está el maniquí a la venta?
—Espere un momento, señor.
La chica se fue a la trastienda. Se abrió una cortina y salió un viejo judío. Le faltaban los dos últimos botones de la camisa y se le podía ver el ombligo peludo. Parecía lo suficientemente amistoso.
—¿Quiere usted el maniquí, señor?
—Sí. ¿Está a la venta?
—Bueno, no del todo, es una especie de instrumento de exhibición, de atracción…
—Quiero comprarla.
—Bueno, déjeme ver… —El viejo judío se acercó y empezó a tocar el maniquí, el vestido, los brazos—. Veamos… Creo que le puedo dejar esta… cosa… por 17,50 dólares.
—Me la quedo. —Robert sacó un billete de 20. El dueño le devolvió el cambio.
—La voy a echar de menos —dijo— algunas veces parece casi real. ¿Quiere que se la envuelva?
—No. Me la llevo tal como está.
Robert cogió el maniquí y la llevó hasta el coche. La tumbó en el asiento trasero. Luego montó delante y condujo hacia su casa. Cuando llegó, afortunadamente no parecía haber nadie por los alrededores, la metió en su apartamento sin ser visto. La puso de pie en el centro de la habitación y la contempló.
—Stella —dijo—. ¡Stella, perra!
Se acercó y le pegó una bofetada. Entonces agarró la cabeza y comenzó a besarla. Fue un buen beso. Su pené empezaba a ponerse duro cuando sonó el teléfono.
—Hola —contestó.
—¿Robert?
—Sí.
—Soy Harry.
—¿Qué tai, Harry?
—Bien. ¿Qué estás haciendo?
—Nada.
—Creo que me voy a pasar por allí. Llevaré algunas cervezas.
—De acuerdo.
Robert se levantó, cogió el maniquí y la llevó hasta el armario. La puso apoyada en una esquina y cerró la puerta.

Harry no tenía en realidad mucho que decir. Estaba allí sentado con su bote de cerveza.
—¿Cómo está Laura? —preguntó.
—Oh —dijo Robert— ya no hay nada entre Laura y yo.
—¿Qué pasó?
—El eterno toque de vampiresa, siempre en escena. Era inexorable. Buscando tíos donde fuese… En el supermercado, en la calle, en los cafés, en cualquier sitio y con cualquiera. Ninfomanía. No importaba lo que fuese con tal de que fuese un hombre. Hasta con un tío que marcó un número equivocado. No pude aguantarlo más.
—¿Y ahora estás solo?
—No, ahora estoy con otra. Brenda, ya la conoces.
—Ah, sí. Brenda. Está muy bien.
Harry estaba allí sentado bebiendo cerveza. Harry nunca había tenido una mujer, pero siempre estaba hablando de ellas. Había algo enfermizo en Harry. Robert no puso mucho interés en la conversación y Harry se fue pronto. Robert se dirigió hacia el armario y sacó a Stella.
—¡Tú, condenaba puta! —dijo—, me has estado engañando ¿eh?
Stella no contestó. Estaba allí, mirándole fría y tranquilamente. Le pegó una buena bofetada. Se podía caer el sol antes de que una mujer fuese por ahí engañando a Bob Wilkenson. Le pegó otra buena bofetada.
—¡Eres un maldito coño! Te follarías a un niño de cuatro años si le pudieses poner la pililla dura ¿eh?
La abofeteó de nuevo, entonces la agarró y la besó. La besó una y otra vez. Entonces le metió las manos por debajo del vestido. Estaba bien formada, muy bien formada. Stella le recordaba a una profesora de álgebra que había tenido en bachillerato. Stella no llevaba bragas.
—Grandísima puta —le dijo—. ¿Quién se llevó tus bragas?
Su pené estaba en erección, apretado fuertemente contra el vientre de ella. Le subió el vestido por encima de los muslos. No había ninguna abertura. Pero Robert estaba terriblemente excitado. Metió el pené entre los muslos de Stella. Eran suaves y duros. Entonces eyaculó. Por un momento se sintió extremadamente ridículo, su excitación había desaparecido, pero empezó a besarla por el cuello y entonces le mordió un pecho sonriendo.
La lavó con la toalla de los platos, la llevó hasta el armario y la puso detrás de un abrigo, cerró la puerta y todavía tuvo tiempo de ver en la televisión el cuarto tiempo del encuentro entre los Detroit Lions y los L. A. Rams.

A medida que pasaba el tiempo, a Robert le iba agradando más. Hizo unas cuantas mejoras. Le compró a Stella muchos pares de bragas, unas ligas, medias oscuras y camisones.
También le compró pendientes, y fue un choque terrible para el comprobar que su amor no tenía orejas. Le puso de todos modos los pendientes pegándolos con cinta adhesiva. No tenía orejas pero tenía muchas ventajas: no tenía que sacarla a cenar, llevarla a fiestas, a películas estúpidas; todas esas cosas que significan tanto para las mujeres de carne y hueso. Y tenían discusiones. Siempre había discusiones, incluso con un maniquí. Ella no podía hablar, pero él estaba seguro de que una vez le había dicho:
—Eres el mejor amante de todos. Ese viejo judío era un amante estúpido. Tú eres un amante inspirado, Robert.
Sí, tenía ventajas. No era como todas las otras mujeres que había conocido. Ella no tenía necesidad de hacer el amor en momentos inconvenientes. El podía elegir con tranquilidad el momento de hacerlo. Y no tenía períodos. Era una magnífica amante. Robert le cortó un poco de pelo de la cabeza y se lo pegó entre los muslos.
El asunto había comenzado siendo puramente sexual, pero gradualmente se estaba enamorando de ella, podía sentir cómo ocurría. Pensó en acudir a un psiquiatra, pero decidió no hacerlo. Después de todo ¿por qué era necesario amar a un ser humano? Nunca duraba mucho. Había demasiadas diferencias entre cada individuo, y lo que empezaba siendo amor acababa casi siempre en guerra despiadada.
Tampoco tenía que acostarse en la cama con Stella y escucharle hablar de todos sus antiguos amantes. De cómo Karl la tenía así de grande, pero no sabía hacerlo. Y lo bien que bailaba Louie, que podía convertir en ballet una venta de seguros. Y cómo Marty sí que sabía besar de verdad, su manera de mover la lengua. Una y otra vez, siempre así. Qué mierda. Claro que también Stella había mencionado al viejo judío, pero sólo una vez.
Robert llevaba con Stella cerca de dos semanas cuando llamó Brenda.
—¿Sí, Brenda? —contestó él.
—Robert, no me has llamado.
—He estado terriblemente ocupado, Brenda. He sido ascendido a jefe de distrito y he tenido que arreglar cosas en la oficina.
—¿Es por eso?
—Sí.
—Robert, algo anda mal…
—¿Qué quieres decir?
—Lo noto en tu voz. Pasa algo. ¿Qué demonios pasa, Robert? ¿Hay otra mujer?
—No exactamente.
—¿Qué quieres decir con «no exactamente»?
—¡Oh, Cristo!
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Robert, algo anda mal. Voy a ir a verte.
—No pasa nada, Brenda.
—¡Tú, hijo de mala puta, cabronazo, me estás ocultando algo! Algo se está tramando. ¡Voy a ir a verte! ¡Ahora!
Brenda colgó y Robert se fue a por Stella, la cogió y la metió en el armario, bien apoyada en una esquina. Cogió el abrigo de la percha y cubrió a Stella con él. Entonces volvió a la sala y se sentó a esperar.
Brenda abrió la puerta e irrumpió dentro.
—Está bien. ¿Qué coño pasa? ¿Qué es lo que anda mal?
—Mira, chica -—dijo él—, todo va bien. Cálmate.
Brenda estaba bien formada. Las tetas un poco caídas, pero tenía piernas bonitas y un buen culo. En sus ojos había siempre un aire perdido y frenético. Algunas veces, después de hacer el amor, una calma temporal podía llenarlos, pero nunca duraba.
—¡Todavía no me has besado!
Robert se levantó de su silla y besó a Brenda.
—¿Cristo, qué clase de beso es ése? ¿Qué pasa? A ver, dime, ¿qué es lo que anda mal?
—No es nada, nada de…
—¡Si no me lo dices, voy a gritar!
—Te digo que no es nada.
Brenda gritó. Se fue hasta la ventana y se puso a gritar. Se la pudo oír en todo el vecindario. Entonces paró.
—¡Por Dios, Brenda, no vuelvas a hacer eso! ¡Por favor, por favor!
—¡Lo haré otra vez! ¡Lo haré otra vez! ¡Dime qué es lo que pasa, Robert, o lo haré otra vez!
—De acuerdo —dijo él—, espera.
Robert se fue hasta el armario, lo abrió, le quitó el abrigo a Stella y la sacó fuera.
—¿Qué es eso? —preguntó Brenda—. ¿Qué es eso?
—Un maniquí.
—¿Un maniquí? ¿Quieres decir…?
—Quiero decir que estoy enamorado de ella.
—¡Dios mío! ¿Quieres decir que? ¿Esa cosa?
—Sí.
—¿Amas a esa cosa más que a mí? ¿Esa pasta de celuloide o de la mierda que esté hecha? ¿Quieres decir que amas a esa cosa más que a mí?
—Sí.
—¿Y es de suponer que te la llevas a la cama? ¿He de suponer que haces cosas a… con esa cosa?
—Sí.
—¡Oh…!
Entonces Brenda gritó de verdad. Se paró allí y se puso a gritar. Robert pensó que ese grito nunca iba a cesar. Entonces ella saltó hacia el maniquí y empezó a arañarlo y golpearlo. El maniquí se rompió y cayó contra la pared. Brenda se fue enfurecida, bajó a la calle, subió a su coche y arrancó salvajemente. Chocó contra el lateral de un coche aparcado, dio marcha atrás y salió otra vez a toda velocidad.
Robert se acercó a Stella. La cabeza se había caído y había ido rodando hasta debajo de la silla. Había restos de material de relleno por el suelo. Un brazo colgaba perdido, roto, dos alambres sobresalían. Robert se sentó en una silla. Solamente pudo sentarse. Entonces se levantó y se fue al baño, se quedó allí de pie un minuto, atontado, salió otra vez. Se paró en medio de la sala y pudo ver la cabeza debajo de la silla. Empezó a sollozar. Era terrible, no sabía qué hacer. Recordaba cómo había enterrado a su padre y a su madre. Pero esto era diferente. Esto era diferente. Simplemente se quedó allí, de pie, en medio de la salita, sollozando y esperando. Los ojos de Stella estaban abiertos, bellos y fríos, desde debajo de la silla. Le miraban fijamente.

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Vida EMOcional

Publicado por Griseo Mitran en Julio 12, 2008

«Mi vida es una espiral descendente. »
( http://www.frikipedia.es/friki/EMO )

Llegó el día. Como todos los días al despertarse se dijo “¿Qué importa? La vida es un sueño, una espiral descendente, una triste sombra larga que acabará en un suspiro, en una pequeña brisa. Nadie llorará el día de mi muerte, al menos nadie que me importe.” Diciéndose esto se pasó un objeto en su muñeca izquierda, era el filo de una hoja de papel higiénico. Miraba la hoja de papel, para él era un objeto frágil cualquier movimiento brusco lo podría romper, y para él, él era tan débil como una rosa.

Imaginó que todo era un ensayo, su vida después de todo no era más que un teatro, o al menos eso pensaba. Pensaba ahora que todo formaba parte de una función improvisada. “Pero no tenía sentido el que esto fuese un ensayo, entonces debía ser parte de la función. Si, eso es, todo formaba parte de la función.”

¿Y la muerte? Le obsesionaba. Veía todos los días el telediario y lloraba con cada noticia. Lo mismo era un atentado terrorista en Irak, una matanza y violación de una niña de ocho años, que el que España ganase la Eurocopa, o que perdiese la formula uno, o que estuvieran ensalzando a un gran cocinero. En ese caso último caso lloraba más que en todos los demás “¿Por qué le ridiculizaban al pobre alabándolo? No tenía sentido, si es tan grande no debía de ensalzarlo. ¿Acaso en su tiempo alababan a Picaso o a Van Goth? No. Pues entonces él estaba siendo un mal cocinero para el mundo por culpa de esos periodistas.”. Y veía así las noticias, tras ese flequillo que le servía, según él, de “Abismo EMOcional” para poder descifrar la vida tal y como era y no como la muestran lo demás.

Todos los días se le caía la tostada con mermelada encima de su camiseta de rayas negras y rosas, y estrellitas blancas, también perdía el autobús para ir al instituto, y llovía cuando él salía al recreo, y no importaba si nada de eso pasaba por qué para él había pasado (también era un mentiroso compulsivo, incluso se convencía a si mismo de sus propias mentiras). Sus compañeros de clase le pegaban, siempre le pegaban. Si estaban en clase y todos estaban quietos y sin hacer nada, él imaginaba que le pegaban para que así siempre le pegasen a todas las horas del día. Era masoquista, bisexual, zoofilico, peluchefilico,… ¡Incluso su sueño era tirarse a toda su familia junta! Pero nunca lo conseguiría porque su vida era una espiral descendente.

No sólo le golpeaban sus compañeros de clase, sino que le suspendían sus profesores con notas entre cero y uno (golpeándole, de esta forma, EMOcionalmente). Lo que no sabía es que en realidad a sus profesores le daba pena el chaval y hablaron con los padres y algunos compañeros de su clase, para arreglar las cosas. Entonces decidieron hacer de esa triste y corta vida un largo camino soleado para el pobre EMO. De esta forma, todos los días le saludaban e intentaban que participase en clase y en los juegos y conversaciones del recreo activamente. Esto provocó que se fuese al servicio montones de veces gritando “¡Lo haré! ¡Me las cortaré! ¡Aaaaa! ¡Auxilio! ¡Hay un charco de sangre amarilla en el suelo!”. Adriana, la chica más guapa, envidada y envidiable (leáse 90 - 60 - 90), le pidió una cita. Cuando se lo propuso, él se hecho a llorar (gritando que quien le gustaba era Leonardo Dicaprio) y se tiro por la ventana.

Llegaron la policía, y telecinco. Afortunadamente el chico no había muerto y telecinco pudo entrevistarle, pudiendo sacar su caso de abusos escolares de la semana. Telecinco también entrevistó a todos los implicados, denunciaron a los profesores por aconsejar, denunciaron a la chica por ofrecerse de aquella forma, denunciaron a los alumnos por saludarle, y a los padres porque si. Telecinco no sabía que ocurrió realmente, pero tampoco le importaba. Incluso había un video en youtube de la caída del EMO, que el mismo EMO había filmado con su móvil y colgado en internet mientras estaba en el hospital. Dicho video lo pusieron treinta veces durante esa semana, de las cuales el 90% de las veces lo habían puesto en el programa de Ana Rosa Quintana y en Está pasando.

Ahora sostenía aquella hoja de papel. Estaba solo en casa, nadie le quería, nadie le comprendía (aunque en realidad sus padres le querían pero para él no le querían). Tenía un cascaron de huevo en la cabeza, como el emo de Calimero, pero sabía que Calimero no era emo y como no lo era eso hacía descender más la pendiente de su espiral descendente. Y se dijo “Esto es sólo un ensayo.”, y se pasó el filo de una hoja de papel higiénico por la muñeca. En ese momento su mano se desprendió de su muñeca, las venas estaban saliendo de su brazo y todas las tripas también salían de éste. Él chillaba como una maricona y se tiró por la ventana.

Se despertó, las paredes eran blancas y una extraña luz venía de un techo blanco. ¿Y su flequillo? No estaba. “¡Mi abismo EMOcional! ¿Cómo veré ahora las cosas sin él?” Vestía de verde fosforito y con pantalones azules. Levanto su mirada, cosa que le costó hacer durante treinta minutos (era la primera vez que levantó su mirada desde que era EMO), y vio lo que se sospechaba ¡Estaba en el cielo! ¡Y todo el mundo era feliz y alegre! Se intentó arrancar las venas con sus dientes pero no podía. Seguía llorando y gritando “¡Dicaprio salvame!” mientras Dios y Jesus bailaban la conga sonrientes con tías 90-60-90, alrededor del EMO, a ritmo de salsa.

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Atrapados en un viernes trece

Publicado por Griseo Mitran en Julio 5, 2008

Si no hubiese nacido un viernes trece tal vez sería una persona diferente, con una mente más cerrada, unas emociones más típicas, una forma de ser más predecible, un cariño normal,… Si, tal vez el que se alinearan los astros y que fuese viernes trece tenga algo que ver en mi forma de ser.

Voy caminando por la calle. Hoy es viernes trece y día de mi cumpleaños, también se han alineado los astros. ¿Casualidad? No lo sé, tal vez este día esté marcado. O puede que sólo sea la casualidad. Aunque casualidad es sólo un observar al dedo que señala la luna, en este mundo repleto de estadísticas y mediciones que intentan atraparla entre rejas y predecir su comportamiento. Tal vez nada en este mundo sea casualidad sino una sucesión de acontecimientos de los cuales si no observamos algunos llamaremos al resultado final casualidad. Si, tal vez esa sucesión de acontecimientos sea la luna tapada por ese dedo al que llamamos casualidad.

Aún así no me aseguro y sigo pensando en los astros y las casualidades. Es la única forma de tener una esperanza, para que este destino no esté marcado. Para que así asegurarme que no exista un libreto lleno de nombres y acontecimientos en las manos de algún ser demoníaco o celestial.

Llego al establecimiento: “La pitonisa: lectura de la mano, bolas de cristal y amuletos, tarot,…”. Entro dentro del local. Al abrir la puerta suena la típica campana colgada encima de ésta. Veo a la anciana propietaria de la estancia, sentada en el suelo, jugando al tarot. Observo como levanta la primera de las cartas y sale la de la muerte. Ella levanta la mirada observándome con detenimiento. “Es viernes trece” pienso, ¿Lo sabrá?.

-He venido a que me lea la mano. - digo levantando mi mano izquierda hacia ella, y enseñándole la palma. De la palma de mi mano se abre un ojo con un iris del color mismo color que las llamas y la mujer se paraliza de miedo.

Poco a poco se va convirtiendo en piedra. Es su mayor temor, vivir para siempre inmovilizada. Es viernes trece, es mi día, no es culpa de un Dios que se cumpla, pues no existe la casualidad, sino una sucesión de acontecimientos, de los cuales no vemos unos cuantos, a los que la gente llaman la casualidad.

Salgo de la tienda y sigo caminando. Gente enterrada viva, mafiosos que mueren al ser descubiertos por chivatos, otros que fallecen de tristeza al ver morir a sus seres queridos, bichos que devoran cuerpos,… No es mi culpa, es viernes trece, es mi día no él de ellos.

Y cuando el día termina, justo a las doce de la noche miró la palma de mi mano. El ojo se abre y explota todo mi cuerpo en pedazos. Se acabo el viernes trece, se desalinearon los astros, se acabo mi día, se acabo mi vida.

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Diario de un anagrama (Epílogo)

Publicado por Griseo Mitran en Julio 2, 2008

Aviso: para ver otros capítulos pulsa el siguiente link http://cosas7tendiendo7a7cero.wordpress.com/diario-de-un-anagrama/

Epílogo

Después de la aventura, Elena, Enasino, Laura y Marcelo comenzaron a desarrollar poderes paranormales, o al menos eso decía la prensa sensacionalista. Según dicha prensa comenzaron a desarrollar supuestos poderes paranormales, lo que tras un tiempo comenzó a ser verdaderamente extraño e incomprensible para muchos supuestos habitantes del país. Tanto que fueron seguidos por camionetas con señores de bata blanca que blandían al aire camisas de fuerza último modelo para ser colocadas en los cuerpos de ellos cuatro.

Al día después del incidente de la serpiente gigante, los científicos decían que la serpiente gigante era una variante del monstruo del lago ness y que habitaba por allí en un lago cercano al apartamento donde vivían estos estudiantes. Decían que dicha serpiente se había escapado a darse un paseo fuera del lago y colarse por la ventana de los estudiantes.

Ellos no dijeron nada de lo que realmente ocurrió a los periódicos, así que dieron marcha a la especulación de miles de charlatanes. Hasta que Marcelo contó la historia en la revista Más allá, y empezaron las especulaciones sobre poderes sobrenaturales en ellos cuatro y otras cien mil chorradas sin sentido. Tuvieron que escapar del país y viajar a EEUU, donde los OVNIS y la ciencia paranormal, junto con el creacionismos son más respetadas que la ciencia formal. Pero por si acaso permanecieron toda su vida allí sin contar nada de lo ocurrido.

Elena se casó con Enasino para tener dos hijos y divorciarse a los cinco años, que fue cuando descubrió que Enasino le era infiel desde un año después de empezar a salir con ella. Fue diplomada en historia y obtuvo el doctorado tras muchos esfuerzos, llegando a trabajar durante el resto de sus días en la prestigiosa universidad de Harvard.

Enasino no llegó a ser nada importante en la vida para nadie. Bueno era un trabajador en la construcción, un aficionado a la bebida y a las mujeres, y nunca llegó a enamorarse pero al parecer nada de eso era importante.

Laura murió de sobredosis tras un año de estancia en los EEUU. Se había enrollado con un cantante de un grupo de rock, y estaban juntos todo el tiempo que él no estaba en el escenario. Tras nifar cocaína muy pura, le sangró la nariz en exceso y soltó mucha baba blanca por la boca. Ni el novio ni ninguno de los presentes la llevaron al hospital. La policía la encontró muerta en un contenedor. Nunca se hallaron pruebas de los hechos.

En cuanto a Marcelo se volvió en un icono de la cultura geek, tras descubrir linux y hacer maravillas de programas de software libre que todo el mundo se bajaba de forma gratuita. El gobierno de los EEUU y los partidarios del comercio del software lo tachaban de comunista. Al paso de los años creó una página de porno ilegal, colgando imágenes y videos bajados del emule, y no poniendo ni los copyright. Fue denunciado por ello, y cuando se descubrió que en muchos de esos videos participaban niños le metieron en la prisión durante un largo periodo. Durante su estancia en la cárcel fue el que siempre se agachaba a coger el jabón en la ducha. Cuando salió de la cárcel, a sus 67 años de edad, descubrió una nueva vida con un hombre de 50, el cual se hacía llamar Batman entre sus amigos.

FIN.

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Diario de un anagrama (Capítulo 2)

Publicado por Griseo Mitran en Julio 1, 2008

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Capítulo 2: El habitante del tablero.

En cuanto dejó el ordenador, Enasino corrió como poseso hacía el cuarto de Elena. Ahí estaba el tablero flotando en el aire, justo enfrente suya.

Era extraño como había sido reconstruido el solito, a partir de un montón de cenizas. La habitación olia a carne quemada, y Enasino no sabía que era peor: si el olor, el miedo de ver un tablero volante o que en la pared estaba escrito con letras ensangrentadas “¡Eres mio!”.

Estaba paralizado, como si un montón de nudos le ataran, como si sus pies hubieran sido clavados a las baldosas de la habitación. Y la carne se volvió de gallina, y un pequeño susurro helado pasó por su oreja volviéndolo a la realidad, despertándolo de los abismos de la parálisis. Sus ojos vieron una mano salir del tablero para atraparlo y condenarlo a las cadenas del fantasma. Rápidamente se agachó y la esquivo como pudo. Ahora su idea era una sola: alcanzar la cruz que tenía Elena encima de su cama, colgada como un monumento al señor.

El tablero se dio la vuelta observando a Enasino, y la mano recorría la habitación intentando atrapar a Enasino. Llegado un momento parecía como esas películas malas en las que el malo parece estar jugando contra el bueno. Puede que fuera así, puede que el ser jugase a que Enasino atrapase la cruz. De hecho la consiguió. Y agarrándola con ambas manos delante del tablero y la mano dijo:

-Apartate de mí, satanás. Vade retro.

La mano agarro la cruz por el extremo contrario al que la agarraba Enasino y se la arranco de las manos. Y colocándola al revés le dio un grave golpe en la cabeza con ella, quedando Enasino inconsciente.

En cuanto despertó se vio atrapado en una mazmorra junto a Laura y Marcelo. Marcelo le miró, los tres estaban encadenados.

-Muy bien. Ahora, ¿Quién crees que será nuestra esperanza Laura?
-Tan poco hace falta ser tan negativo. Aún queda Elena. Lo que yo no comprendo es como a nosotros que se supone que no hemos casi ni tocado el tablero nos pasa esto. De hecho fue Elena quien lo quemó, tú y yo la vimos. Marcelo, acuérdate. No me explico como ese tablero puede seguir en pie.
-¿Se puede saber de que estáis hablando?
-De algo que jamás te enterarás por lo que vemos. - le espetó Marcelo a Enasino. - ¿No te enteras de nada Enasino? ¿Cuál es la sensación que sientes ahora? Porque a mí no me importa quedar ya mal contigo, y es que eres un completo imbécil. Ha sido inútil creer que nos salvarías. Pero a mí la verdad del todo no me has desilusionado, es más me lo esperaba. ¿Qué me iba a esperar de un hombre que está con una mujer para que no se le ocurra a ella de tirarse desde un lugar más alto la próxima vez que decida suicidarse?
-¡Marcelo! - Exclamó Laura.
-¿La sigues defendiendo? Tal vez sea porque contigo jamás se comportó mal, o porque eres mujer. Todas sois unas falsas y unas desgraciadas. No, ¡Pero que digo! Los desgraciados somos nosotros que depositamos alguna esperanzas en una mujer falsa. Parece ser que las únicas parejas que las mujeres veis bien son las que los hombres están como consentidos, como Enasino. Acojonados. ¿Qué tienes que decir a eso? ¿Vas a negarme que una mujer puede follar con el hombre que le apetezca con una sola llamada mientras que un hombre puede estar años esperando y tratando bien a una mujer para demostrarle que siente algo por ella, para conseguir de ella un montón de puñaladas?
-¡Machista!
-No me importa. Ya nada me importa, y por eso lo digo todo. ¿No es verdad? Por favor, son verdades universales.
-¿Estás seguro de ello? – dijo Enasino. - Dices de hombres consentidos… ¿No será que en realidad eres uno de ellos y por eso los ves así ante sus parejas? Dime Marcelo, ¿No será que porque eres un consentido no has podido llegar a desear lo que querías? A las mujeres no les basta con eso, ni a las mujeres ni a ningún amigo. Has de ser tu mismo, no sólo por regalar cosas ni por el buen trato vas a conseguir algo que quieres o anhelas. Además eso es lo más parecido a chantaje.
-¿Chantaje? Ja, ja, ja,… Me parece que alguien no entiende cual es su problema.
-Yo te diré cual es el verdadero problema, Marcelo. - Interrumpió Laura. - El problema es: a) eres un egoísta y un egocéntrico, combinación fatal. Y b) con tu tonta conversación no te acabas de dar cuenta que misteriosamente las cadenas ya no están atadas a la pared.
-¿Qué?
-Pues vámonos de aquí. - dijo Enasino.
-Pero no seas tan impulsivo Enasino, – decía Laura. - deberemos de trazar un plan.
-Laura, Enasino tiene razón. Larguémonos ya de aquí, debemos de escapar de aquí lo más rápido posible.

Rápidamente se quitaron las cadenas, dejándolas en el suelo, y corrieron con todas sus fuerzas hasta la salida, hasta que de repente se toparon un pequeño recinto lleno de más gente encadenada, las cuales miraban figuras de sombras en una pared. Detrás de esas gentes había un pequeño muro sobre el cual se veían varias marionetas de papel desfilar, formando las sombras que la gente encadenada miraba con atención. No había opción, debían de saltar el muro, era el único camino posible para escapar.

Así que lo hicieron, y la gente que manejaba las marionetas no les esquivaron ni les apresaron, es más les ayudaron a saltar el siguiente muro de forma que no se quemaran con el fuego que había delante de él. Dicho fuego era lo que iluminaba la sala para que los presos vieran las marionetas.

Siguieron hacia delante. El camino era cada vez más estrecho y no les quedaba otra opción que caminar gateados y en fila india, uno detrás de otro. Iban en este orden: primero Enasino, luego Laura y al final del todo Marcelo. Las rodillas se cansaban y sentían como sangraban, sangraban como las verdades. Como las verdaderas, como cada pelea, como cada mes que te pasaste de tu vida arrepintiéndote de no haber sido mejor desde un principio.

Nunca saldrían de aquella caverna, ahora lo entendían. Ese pasadizo sería interminable para siempre. Cada vez era más y más estrecho, hasta que llegó un punto en el que prácticamente no cabían y tenían que hacer con sus manos agujeros para ensanchar las paredes. Curiosamente las paredes eran ahora lo suficientemente blandas para poder agrandar el pasadizo con sus dedos y con sus fuerzas.

No sabían cuanto tiempo estuvieron así, las uñas de cada uno de ellos se encontraban desgastadas y las manos y los brazos cansados, de hecho cada uno de sus cuerpos estaba cansado por todas partes. Pero no podían descansar, no querían seguir allí.

De repente, sonó un ruido del fondo. Como un siseo, eso les dio fuerzas para seguir. No sonaba nada bien aquel sonido y menos lo que luego oyeron, percibieron como una especie de temblor de tierra y ruido de parecido al de una excavadora proveniente desde el fondo de la cueva. Seguían cavando, pero de repente la tierra se abría sola, enfrente de ellos, quedando un pasadizo por el que debían de subir rápido. Era como si también la tierra quisiese salir a la superficie. Corrían por el pasadizo, era lo suficientemente amplio para andar de pie.

Y aunque estaban cansados, aunque el corazón latía demasiado fuerte, tanto que parecía salir de su cuerpo como si tuvieran un animal dentro en vez de un corazón, aunque sentían un gran tirón en la barriga, debían de llegar al final del pasadizo. Al largo trayecto vislumbraron una luz muy branca que marcaba el exterior de la cueva, y hacia la cual corrían para cruzar esa ansiada libertad. Primero salió de la cueva Enasino, luego Laura y por último Marcelo.

Salieron de un portal creado por el tablero que los devolvieron a la habitación de Elena. Y ahí estaba un cura casi anciano luchando contra el tablero, con su libro sagrado y escupiendo sus oraciones a su dios. Elena estaba allí contemplando la lucha.

-Elena - gritó Enasino. -, ¡Cuidado!

Un ser salió de las fauces del portal. Se trataba de una cabeza de serpiente gigante, marrón, y llena de barro, tierra y lombrices, muchas lombrices. Enasino se lanzó encima de Elena, quedando los dos en el suelo.

-¡Vade retro, satanas! - Gritaba el cura a la serpiente, como si no hubiera visto nada asombroso - ¡Vuelve a la oscuridad a las que perteneces!

Y siguió soltando oraciones, esta vez eran versículos de Job. La cabeza de la serpiente se coloco encima del cuerpo del cura y abrió la boca, soltando babas y bichos, y cayendo estos en el cuerpo del cura. El cura seguía sin inmutarse, era como si estuviese dentro de ese libro y no dentro de la habitación. La serpiente siguió abriendo la boca hasta tragarse al cura con libro incluido y la figura de éste en el torso de la serpiente descender hasta el interior del portal.

Fuera como fuera debían de escapar de allí. Enasino se levantó y llevando a Elena cogida de su mano la saco de allí casa arrastrándola. Marcelo y Laura le siguieron, y detrás de ellos se encontraba la cabeza de la serpiente.

Bajaban las escaleras y la serpiente les seguía, salieron del portal y la serpiente les seguía. Ella arrasaba con todo para seguirles, corrieron por toda la ciudad. Al estar cerca de una tienda de armas Enasino se metió dentro de ella, y todos se metieron en dicha tienda de armas. El encargado salió enseguida, pero ellos no miraban al encargado sino estaban pendientes de la cabeza de serpiente que se acercaba rápidamente a la puerta de cristal para romperla en mil pedazos. El encargado se dio cuenta cuando vio a donde miraban y rápidamente sacó una metralleta y salió fuera de la tienda disparando a la serpiente.

Las balas le hacían agujeros en su piel, destrozando la cabeza. El hombre seguía disparando con su metralleta y la serpiente gritando de dolor, hasta que ésta acabo muerta en el asfalto.

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Diario de un anagrama (Parte 27 - Enasino - Miércoles, 11 de junio de 2008)

Publicado por Griseo Mitran en Junio 30, 2008

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Diario de Enasino

Miércoles, 11 de junio de 2008

Marcelo ha vuelto. Sé que está aquí. He encontrado el tablero, siento que he de usarlo para encontrarles. No estoy loco, juro que no estoy loco.

Me llama, por las noches dice que soy de ellos. Laura y Marcelo están aquí, lo sé pero por alguna razón no puedo verles. Es como si sintiera que están aquí pero no están aquí físicamente. He leído sobre ello en internet, varias personas han tenido experiencias similares. Por eso sé que no estoy loco, son cosas que pasan y tienen su sentido fuera del plano físico y real.

Envió este diario a Elena como documento de texto adjunto en un email, es la ventaja de que fuera el único que escribía su diario en un ordenador. No sé como acabará todo esto. Dios, si puedes escucharme. Si de verdad existes, si en serio que estás aquí. Por favor, por un momento desaparece tú con tu religión y con el causante de esta pesadilla. Para siempre. No estoy loco Elena, te juro por lo que más quieras que no estoy loco.

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Diario de un anagrama (Parte 26 - Marcelo - Sábado, 31 de mayo de 2008)

Publicado por Griseo Mitran en Junio 29, 2008

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Diario de Marcelo

Sábado, 31 de mayo de 2008

No estoy loco, juro que no estoy loco. No se lo he contado a Enasino ni a Elena. Aunque parece que no se han dado cuenta al igual que Laura, creo que los tres aún están demasiados preocupados con el asunto del viaje de Elena. Yo no he ido al aeropuerto a despedirla, tengo mucho que estudiar.

No sé si está aquí o no. Sea como sea en el parque cuando Laura y yo practicamos baloncesto…

(Se puede ver en el diario una raya de bolígrafo que comienza justo en la última o de baloncesto y que llega hasta el filo derecho de la hoja. También se pueden ver varias manchas de sangre.)

Tarde

Tenía que haber ido a despedir a Elena junto con los demás y no haberme quedado solo en casa.

En cuanto al asunto de siempre. Sólo se lo he contado a Laura. Parece ser que ella también lo sabía de antes pero que no quería decir nada. No sabemos si contárselo o no a Enasino, pero aunque él está aquí parece como si estuviera con Elena en el avión y no en la tierra.

Laura dice que… Sigue diciendo tantas cosas que no entiendo, y yo no pienso decirle las que entiendo porque no quiero que piense que estoy loco.

No estoy loco, juro que no estoy loco.

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Diario de un anagrama (Parte 25 - Enasino - Domingo, 20 de abril de 2008)

Publicado por Griseo Mitran en Junio 28, 2008

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Diario de Enasino

Domingo, 20 de abril de 2008

Te dejo diario. No sé si será para siempre o para sólo un tiempo. Pero no tengo ganas de escribir y creo que no las tendré durante un tiempo. He perdido mi inspiración, mi fuerza, mis gracias tontas y mis risas.

Últimamente he de pensar más en los demás y menos en un diario. Él cual me hace pensar sólo en mí mismo.

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Diario de un anagrama (Parte 24 - Un anagrama - Sin fecha)

Publicado por Griseo Mitran en Junio 27, 2008

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Diario de un anagrama

Sin fecha

Hemos resuelto entre todos los habitantes de la casa, excepto Enasino, el último de los tres anagramas. El anagrama era:

“No sólo llega a ése que está debajo del mal que la piel a ti dice “su Tui”.”

Y su solución es:

“Es la maldita ilusión que llega a ese loco que está debajo de tu piel.”

Hemos decidido que lo mejor es quemar el tablero y enterrarlo, y eso hemos hecho. Aún así no ha funcionado y parece ser que Marcelo está es el único que ve al ser. Enasino no sabe nada de esto, él cree que yo dejé de jugar en cuanto él me lo dijo.

La última vez que jugué el ser emitió el siguiente mensaje:

Soím sios sodot y út. Soím sios. Ogimnoc siérirom sodot.

No eran anagramas, ni tampoco permutaciones de caracteres. No fui yo quien descifró el mensaje, fue Laura. La cual al parecer de pequeña jugaba a escribir frases al revés con sus amigas para que el profesor si les pillaba escribiéndose notas no supiera que habían escrito.

La solución del mensaje es:

Todos moriréis conmigo. Sois míos. Tú y todos sois míos.

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Diario de un anagrama (Parte 23 - Un anagrama - Sin fecha)

Publicado por Griseo Mitran en Junio 26, 2008

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Diario de un anagrama

Sin fecha

Tras varios días ha pasado a ser un problema. Ahora ha cambiado de los anagramas a las permutaciones de cadenas sin sentido.

M siente, sabes que M siente. Tú nuca si te fun, yo siempre soy. Puta, saees la verdad. Tú rees imo, tú rees ima. ¡Rees imo!

Tras mucho pensar y permutar letras he llegado a la siguiente solución.

Mientes, sabes que mientes. Tú nunca fuiste, yo siempre soy. Esa es la verdad. Esa es la puta verdad. Tú eres mío, tú eres mía. ¡Eres mío!

Enesino dice que dejé todo este asunto, que ya está empezando a parecer peligroso. No sé si podré seguir, porque a mí también está empezando a darme un poco de susto. ¿Será real todo esto?

No puedo evitar seguir investigando. Enasino me ha ayudado a descubrir el segundo anagrama. Su solución es:

“Os animo a todos a que trabajéis en grupos para así resolver las dudas que os puedan surgir entre vosotros.”

¿Curioso verdad? Al parecer el ser sabía que solamente podría ser resuelto por un grupo de personas… Es sólo una hipótesis. Otra hipótesis que tengo es que contra más solucionamos anagramas y demás parece que el ser se esfuerza más.

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